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“Si deseáramos los bienes espirituales con la misma intensidad con que deseamos los bienes materiales, nuestras prioridades cambiarían”

Estamos llamados a discernir entre las satisfacciones pasajeras y el alimento espiritual que verdaderamente sacia: la Palabra, la Eucaristía, la Misericordia y el deseo de Dios. Aseguro el obispo José Antonio Díaz, en su homilía en la Santa Misa de la Iglesia Catedral en Concepción. 
RELIGION 02 de agosto de 2026Vientos Tucumanos NoticiasVientos Tucumanos Noticias

WhatsApp Image 2026-08-02 at 22.34.21Mons. José Antonio Díaz, obispo de la Diócesis de la Santísima Concepción - Iglesia Catedral 02-08-26 

Homilía:

Queridos hermanos, este relato de la multiplicación de los panes es uno de los relatos más repetidos en el nuevo testamento. Tanto Marcos como Mateo lo hacen en dos oportunidades, una vez Lucas y una vez Juan, 6 relatos sobre el mismo hecho, el mismo acontecimiento, lo cual revela la importancia, el impacto que generó en las primeras comunidades este hecho, este acontecimiento que tiene, una riqueza extraordinaria para desentrañar lo que Dios quiere hacer con nosotros, con su iglesia, y el mandato que recibimos de parte de de él. 1º lugar, este relato comienza luego de que Jesús se enterara de que Juan el Bautista había sido asesinado, y él inmediatamente quiere estar a solas. Y se va con los apóstoles, y la gente que lo ve, más o menos, intuye hacia dónde va y va a su encuentro. Cuando él llega a la otra orilla, ve cómo la gente lo estaba esperando, y en en lugar de seguir su plan, rompe con esos planes de estar a solas y se pone a atender a la gente.

Un gesto de misericordia del señor que no desoye a la multitud, que está deseosa de escuchar su palabra, y, por supuesto, también recibir su bendición y la sanación, que eso implicaba. Muchos de ellos seguramente lo buscaban por motivos de salud, pero, sin embargo, también lo buscaban para escucharlo, para estar con él, porque les daba gusto estar y compartir con él. Y se quedaron ellos con él y él con ellos durante toda la jornada, y ya al atardecer se dan cuenta que esta multitud está desde hacía buen rato y que no tenían provisiones para comer. Y por eso los discípulos se adelantan y le dicen a Jesús, le hacen notar que esa situación habría que resolverla. Pero ellos tienen la idea de decirle a la gente que se vaya.

Y Jesús le dice, no, que no se vayan, denles ustedes de comer. Y ellos, mirando lo que tenían, se dan cuenta que era muy poco, y le dicen, no tenemos más que unos cuantos panes y unos pocos pescados. ¿Pero qué qué es esto para tanta gente? Los organiza, los hace sentar, les manda que se sienten. Pronuncia la bendición elevando los ojos al cielo y los distribuye delante de todos.

Algunos miran o algunos ven en este gesto de partir el pan que alcance a todos luego de la bendición, el gesto de la última cena en la institución de la eucaristía. Y desde ese momento queda el vínculo fuerte entre el danos hoy nuestro pan de cada día, refiriéndose tanto al pan material como al pan espiritual. Cuando nosotros pedimos el pan para que el señor nos conceda esta gracia, estamos pidiendo en estos 2 sentidos. Esto tiene que ver también con el anhelo y el deseo de saciarse, no solo en el estómago, sino, sobre todo, en el corazón. Porque no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Y por eso la iglesia pone como 1º lectura del libro de Isaías, en el capítulo 55, la invitación, vengan a tomar agua todos los sedientos, y el que no tenga dinero venga también, Coman gratuitamente su ración de trigo sin pagar, tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias en algo que no sacia? Con lo cual se nos está invitando a discernir y a distinguir entre el alimento perecedero y el alimento que permanece. El alimento perecedero que hoy, que es pan para hoy y hambre para mañana, que incluye una gran cantidad de cosas en las cuales nosotros ponemos ciertas expectativas de satisfacciones pasajeras, comparado con la permanente sed y hambre de bienes espirituales, hemos estado celebrando a San Ignacio de Loyola, y él comprende, inicia los retiros espirituales bajo esta guía de discernimiento de espíritus, esta este discernimiento de saber distinguir lo que sacia verdaderamente de aquello que es pasajero, que que es alimento pasajero. Esto tiene que ver para nosotros como un buscar aquello que alimenta y que sustenta permanentemente.

La sociedad de consumo nos está adiestrando a que la felicidad consista en satisfacer esos alimentos o esas necesidades pasajeras, olvidándonos de lo que hay más adentro, lo más profundo, y que es la sed y el hambre de Dios, al cual nosotros lo queremos tapar consumiendo bienes materiales. Y por eso nos olvidamos de escarbar un poco más adentro para descubrir que el ser humano no es solo materia, es sobre todo espíritu, porque es desde el corazón del hombre de donde brota esa necesidad profunda de Dios. Y el anhelo y el deseo de Dios es un ejercicio de discernimiento que lo tenemos que saber identificar. Por esa razón también muchos de los cristianos, incluso católicos, no saben distinguir cuándo la causa de su tristeza, de sus ansiedades, de sus desequilibrios interiores, está en la falta de Dios. Y muchos de los síntomas que nosotros vivimos en la sociedad provienen de la falta de Dios.

Si deseáramos los bienes espirituales con la misma intensidad con que deseamos los bienes materiales, otra sería la historia, porque las prioridades cambiarían. Nuestras prioridades que están puestas en en alimentos perecederos, que, como decíamos, son pan para hoy y hambre para mañana, y que no satisfacen el corazón, nuestro corazón, nos tiene que llevar a la experiencia del deseo de Dios. El catecismo de la iglesia católica comienza justamente haciendo notar que el ser humano necesita de Dios y tiene un profundo deseo de Dios, porque de Dios venimos y a Dios volvemos. Y por esa razón también los bienes espirituales deben ser prioridad en nuestras búsquedas y en nuestros anhelos. Solamente cuando experimentamos esta comunión con el señor, tenemos la seguridad y la certeza de que nada nos podrá separar de él, como hemos escuchado en la carta de Pablo a los cristianos de Roma.

¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada, en todo esto obtenemos una amplia victoria gracias a aquel que nos amó. Con esta seguridad, iniciemos esta semana alimentando en nosotros el fuerte e intenso deseo de Dios, buscando el alimento que él nos ofrece, el alimento de su palabra, el alimento de su cuerpo y de su sangre, y el alimento de su misericordia, porque él está dispuesto a escucharnos y porque nos envía a hacer lo mismo con nuestros hermanos que están sedientos de él.

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