
Las Bienaventuranzas son las “luces" que Dios "enciende en la penumbra de la historia"
Durante el Ángelus de este domingo, el Papa León XIV ofreció a los fieles reunidos en la plaza de San Pedro una profunda reflexión sobre el Evangelio de las Bienaventuranzas.

















Cuando uno habla de pobreza, de humildad, está hablando de una realidad que somos nosotros, nada más que no lo queremos aceptar. El humilde, la palabra humildad proviene de humus, tierra, significa la realidad más profunda de lo que somos, la fragilidad humana, la necesidad del otro, somos indigentes. Y cuando en la humanidad se quiso decir otra cosa o enseñar otra cosa, como ser, por ejemplo, determinadas filosofías que decía que había que matar a Dios para que el hombre se reafirme a sí mismo y sea fuerte, rico, poderoso, y no haya nadie que le sirva de techo, en realidad, Dios en ningún momento le puso techo al desarrollo humano, al contrario, se hizo hombre, se identificó con nosotros para enseñarnos cuál es el camino de la plenitud, de la vida plena. Y esto nosotros muchas veces lo hemos malinterpretado, por eso cuando hablamos de bienaventuranza, cuando decimos feliz a aquel que vive consciente de su pobreza, estamos diciendo feliz aquel que vive en la verdad, feliz aquel que está viendo, mirando, pesando su realidad personal, y no hace consistir su valía ni en el dinero ni en el poder ni en la influencia ni en el dominio sobre el otro ni en la es decir, todo aquello que en realidad no hace más que distraernos mentirosamente, porque en la valía nuestra está en lo que dice Pablo, de tal modo que el que se gloría, que se gloríe en el señor, es decir, nuestro valor nos viene participado de Dios, porque él es nuestro creador, porque él es nuestro redentor, él nos ha salvado y nos ha hecho partícipes de su naturaleza. Por lo tanto, nuestra verdadera riqueza no consiste en logros que nosotros hayamos alcanzado, aunque sin duda que hay que celebrar la capacidad que tenemos en orden a resolver ciertas cuestiones o alcanzar determinadas metas, pero en el fondo siempre tenemos que reconocer que esa capacidad nos viene de Dios, nosotros a nosotros nos toca desarrollar.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. En los ojos muchas veces se sintetiza, y en la mirada se sintetiza la intencionalidad de la persona. El papa en una exhortación, en la última exhortación apostólica, habla justamente de volver al corazón, porque en el corazón no solo está la sede de las decisiones de la persona, sino que además allí es donde uno encuentra las verdaderas intenciones, lo que motiva al corazón o a la persona. Volver al corazón significa volver a mirarme internamente para poder descubrir quién soy, y en esto está relacionado y vinculado con la pobreza y la humildad. Solamente aquel que se mira con humildad reconoce su propia verdad, y no se está mintiendo todo el tiempo. El corazón puro garantiza una mirada de pureza, y no me estoy refiriendo solamente a pecados que tienen que ver con la carne, hay pecados que tienen que ver con el espíritu y que requieren de pureza de corazón para poder entender a la otra persona y adentrarme en el misterio que la otra persona es, sin lo cual probablemente yo esté proyectando mis propias dificultades y problemas en la otra persona, o los propios prejuicios, embarrando, diríamos, a la otra persona con mi mirada malintencionada. 








