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Al Cottolengo Don Orione ni siquiera le atienden el teléfono

“¿Qué explicaciones recibimos?” ¡Ni siquiera nos atienden el teléfono!”
Nota: La Gaceta 
SOCIEDAD04 de abril de 2026Vientos Tucumanos NoticiasVientos Tucumanos Noticias

CottolengoEl Gobierno nacional hundió la motosierra hasta el hueso del área de discapacidad, al punto de que el apotegma “no hay plata” bien puede imprimirse en esa piel. 

Comenzó abril y del Pequeño Cottolengo Don Orione sólo llegan mensajes cargados de angustia. Están al límite, preguntándose -y trasladando la inquietud a la comunidad-: ¿por qué tanto ensañamiento con los discapacitados? ¿Cuál es el límite? ¿No hay quien advierta la crueldad implícita en las políticas (o la falta de ellas) que colocan a estas instituciones altruistas en tal escenario de crisis que amenaza su existencia?

A) Desde octubre/noviembre se acumulan las deudas, correspondientes a las prestaciones que deben garantizar el Pami y el Programa Federal Incluir Salud. El Gobierno nacional hundió la motosierra hasta el hueso del área de discapacidad, al punto de que el apotegma “no hay plata” bien puede imprimirse en esa piel. En el Cottolengo, ajenos a las grietas, las batallas culturales y las disputas ideológicas, lo que necesitan son los fondos para atender a los discapacitados. Tan simple, contundente e indiscutible como eso.

B) Rápido de reflejos, el Gobierno provincial se puso a disposición del Cottolengo. Entregó paliativos, como alimentos y medicamentos. El propio Osvaldo Jaldo se ocupó del tema. La institución lo agradeció; bienvenidos fueron los aportes y la preocupación. Del mismo modo, diversas entidades de la sociedad civil se solidarizaron y ofrecieron ayuda. Pero lo que espera el Cottolengo, con urgencia, es la solución de fondo: que la Nación salde la deuda y en adelante se mantenga al día con las transferencias.

C) De allí que la designación de Gerardo Huesen al frente de la Comisión de Discapacidad de la Cámara de Diputados de la Nación abra un pequeño frente de esperanza. En el Cottolengo esperan que Huesen pueda ser la llave que destrabe los fondos, congelados desde hace meses. Con mucha diplomacia -como es el histórico estilo del Cottolengo- ponen la pelota en el campo del legislador libertario tucumano.

D) Hay lugares donde el tiempo no pasa, más bien se acumula. Se sedimenta en paredes viejas, en galerías largas, en patios donde el silencio no es ausencia sino cuidado. Al compás de los latidos de Villa Urquiza, como si fuera parte del corazón del barrio, el Pequeño Cottolengo es uno de esos espacios. Desde hace más de ocho décadas, en un predio de siete hectáreas que parece resistir la velocidad del mundo, unas 90 personas adultas con discapacidad encuentran mucho más que asistencia. El Cottolengo, su gente, el amor que prodigan, les proporciona un modo de estar en la vida. Es un maravilloso núcleo de puertas abiertas e invita a los tucumanos a conocerlo. Allí habitan la calma, la paciencia y, por sobre todo, la dignidad.

E) La cadena de pagos está rota, pero en el Cottolengo no pueden darse el lujo de bajar los brazos. Hoy la consigna es resistir. ¿Hasta cuándo? Además de financiar el sistema, el Estado nacional es quien fija los aranceles. Allí aparece otra dimensión del problema, porque los valores están atrasados respecto de los costos reales. Entonces, durante todo el año pasado los aranceles se actualizaron recién el 27 de diciembre; es decir que fueron 12 meses de inflación absorbidos sin compensación. Es una estructura de costos que no deja de crecer  e incluye alimentos, servicios, salarios e insumos médicos. La brecha entre lo que cuesta cuidar y lo que se paga por hacerlo se volvió insostenible. Y si además no llega el dinero, el ahogo es brutal.

F) ¿Qué se hace en el Cottolengo? Alimentar a quien no puede hacerlo por sí mismo, asistir en la higiene, acompañar en cada actividad cotidiana. Hay residentes que requieren atención total. No hay margen para recortar personal sin afectar directamente la calidad -y en muchos casos la posibilidad misma- de la atención. Entre 75 y 80 trabajadores sostienen ese tablero invisible. Son quienes conocen a cada residente, quienes saben cuándo una mirada indica dolor, cuándo un gesto anuncia un problema. Reducir esa planta implicaría desarmar un sistema de cuidados que se construyó durante años. Y sin embargo, el contexto empuja en esa dirección.

G) El caso del Cottolengo representa uno de los ejemplos más acabados de la crisis. El sistema de atención a la discapacidad en Argentina atraviesa uno de sus momentos más delicados. Se estima que unas 250.000 personas dependen directamente de estas prestaciones, y que el impacto alcanza a cerca de un millón si se consideran familias y trabajadores. El problema combina varios factores: el desfinanciamiento estructural, la inflación que desactualiza cualquier previsión y, en los últimos meses, la demora sistemática en los pagos por parte de organismos nacionales como el Pami y el citado Programa Federal Incluir Salud.

H) Y en el medio de este entuerto aparece la causa por corrupción en la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis). Su ex titular, Diego Spagnuolo, fue despedido cuando estalló el escándalo por el presunto pago de coimas y hoy se encuentra procesado. Se lo acusa de tres delitos: cohecho activo (cobro de sobornos), fraude al Estado y negociaciones incompatibles con su cargo de funcionario público. Se sabe de lo sensible del tema, al punto de involucrar a Karina Milei en el entramado. En total son 19 los procesados por el juez Sebastián Casanello. La respuesta del Gobierno fue disolver la Andis por medio de un DNU, quitarle la autonomía y convertirla en una oficina más del Ministerio de Salud de la Nación, con el nombre de Secretaría Nacional de Discapacidad.

I) Las consecuencias ya están a la vista. Hay centros de día que reducen servicios, terapias que se suspenden, profesionales que no cobran, acompañantes terapéuticos dependiendo de Uber para parar la olla e instituciones que evalúan cerrar. En algunos casos, las deudas se remontan a septiembre del año pasado. En otros, la situación es directamente de supervivencia.

J) Hasta la Iglesia abandonó los modos suaves y conciliadores para hablar del tema. Y lo hizo nada menos que con un documento oficial de la Conferencia Episcopal Argentina, el organismo que expresa el pensamiento de la grey católica. Los obispos manifestaron su “extrema preocupación” y reclamaron respuestas urgentes. No es habitual que la Iglesia utilice ese tono, como tampoco es habitual el nivel de deterioro que atraviesa esta gigantesca red solidaria que contiene a cientos de miles de discapacitadps.

K) El Cottolengo Don Orione es una especie de espejo incómodo porque muestra, con crudeza, lo que sucede cuando las decisiones macroeconómicas impactan en los márgenes más frágiles de la sociedad. El Gobierno nacional ha hecho del ajuste una bandera y, como toda política de ajuste, implica prioridades. La pregunta es inevitable: ¿dónde quedan las personas con discapacidad en ese esquema? La respuesta resulta inquietante por la ausencia de sensibilidad en el abordaje del problema. Aquí no hay margen para números que no cierran; se trata de vidas que dependen de un sistema que hoy está al borde del colapso.

L) En el Cottolengo, esa tensión se percibe en cada rincón. Por ejemplo en la decisión dolorosa -pero inevitable- de no incorporar nuevos residentes. No porque no haya necesidad, sino porque no hay garantía de poder sostener esa necesidad, que es básicamente un derecho. Todo muy duro, porque si hay algo que el Cottolengo representa con claridad es la posibilidad de construir un espacio donde la dignidad no sea una variable de ajuste. Por eso esta crisis interpela más allá de sus propios muros. Obliga a preguntarse qué lugar ocupa el cuidado en la agenda pública, qué valor se le asigna a quienes no pueden valerse por sí mismos, qué tipo de sociedad se está configurando cuando los más vulnerables quedan al final de la fila.

M) El Cottolengo sigue abierto. Los residentes siguen allí. Los trabajadores continúan cumpliendo sus tareas. Pero la pregunta ya no es cómo llegar a fin de mes. Es cuánto tiempo más puede sostenerse este equilibrio precario, sobre todo en estos tiempos en los que nadie asume la obligación de responder un llamado teléfonico, por más urgente que sea.

NOTA: LA GACETA Por Guillermo Monti 

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