


Mons. Díaz: “Puedo tener muchas cualidades, pero si no tengo humildad, no me sirve de nada”
Vientos Tucumanos Noticias

En una fría tarde de domingo, el Obispo José Antonio Díaz, presidió la Celebración de la Eucaristía y la solemne procesión por las calles de la ciudad.


A continuación la Homilía de Monseñor José Antonio Díaz:
El texto del evangelio nos evoca a la solemnidad del sagrado corazón de Jesús que hemos celebrado durante todo el mes de de junio, y en donde Jesús dulcemente invita a que nos acerquemos a él y que asumamos nuestra vida y las cruces cotidianas, no solos, sino con él, dejándonos ayudar por él, dejando que él cargue nuestras cruces, y nosotros acompañándolo en el camino de la cruz. Esta alabanza que hace Jesús al padre, porque ha querido revelar estas cosas, los misterios del reino, a los pequeños, y no a aquellos que son doctores, conocedores de la ley, sino aquellos que son necesitados de Dios, pensando sobre estas cosas. A ver, ¿cuál sería, qué característica tendría el pequeño bajo la mirada de Dios? Como para aproximarnos a lo que el señor dice en el texto, alabando al padre, a querido revelar estas cosas a los pequeños. El pequeño, principalmente, por eso tiene relación con el niño, es aquel que se estremece ante las palabras de Dios, aquel que se asombra frente a la palabra de Dios, aquel que se le iluminan los ojos cada vez que ve un signo de Dios.
Y cuando esto sucede, nosotros descubrimos que es una persona pequeña, no el pagado de sí mismo, que se las cree y que, de pronto, considera que ya no tiene más nada que aprender. Y, en lugar de estremecerse como hijo, porque esto también está en el trasfondo de la cuestión, nosotros hemos tenido problemas, los seres humanos, siempre a la hora de identificarnos como hijos. Siempre hemos intentado equipararnos a Dios, hasta la primera pareja que aparece en el libro del Génesis, Adán y Eva, son tentados justamente por esta vía. El demonio se acerca y pone en tela de juicio lo que Dios le había les había dicho. Lo que pasa es que Dios no quiere que ustedes coman ese árbol, porque, entonces, van a ser conocedores del bien y del mal, y, por lo tanto, se van a equiparar, se van a igualar a Dios.
Y nuestra historia de la humanidad siempre estuvo latente esta fuerte tentación de querer ser como dioses, de querer, en lugar de ser hijos, ser señores, y discutirle a Dios el predominio, el poder, y si tiene o no tiene razón. Y hasta el día de hoy, todo lo que es rechazo a la ley natural tiene que ver justamente con esta pelea contra Dios, porque, en lugar de obedecer como es propio del hijo, me pongo a discutir tratando de ganarle a Dios, que no tiene razón, que yo sí tengo razón. Y en la vida personal también nos pasa lo mismo, siempre ponemos en tela de juicio las disposiciones de Dios, y chillamos, pataleamos. Y, en lugar de ser pequeños y dejarnos amar y abrazar por Dios, tendemos a elaborar nuestra propia lista de pecados, unos sí, otros no. Como es propio de esta cultura reinante, tendemos a elaborar una religión a la carta, como cuando uno va a comer y dice, esto voy a comer y esto no.
El patrono del barrio Independencia de la ciudad de Concepción, San Nicolás, fue visitado por cientos de fieles en su día.
Y en la vida espiritual entendemos, más o menos, hacer lo mismo, esto le voy a obedecer a Dios, esto no le voy a obedecer a Dios. Es propio de los hijos admirar a su padre, Y Jesús, lo que muestra en este texto, es admiración por su padre. Te alabo, padre, señor, del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has revelado a los pequeños. El estremecimiento de gozo que tiene Jesús cuando dice estas palabras está en sintonía con el mismo estremecimiento que tiene María cuando reza el magnífica. Proclama mi alma la grandeza del señor, porque Dios ha mirado la humillación de su esclava.
Es la humildad lo que Dios ve, es la pequeñez lo que Dios cuida, cura, protege, y por esa razón todo ejercicio de paternidad, como nosotros lo conocemos, es justamente el cuidado de los más pequeños. Tanto en la paternidad referido a la familia, como en la paternidad ejercida en el ámbito social, debe estar dirigido de un modo especial a aquellos que más lo necesitan.
En seno de la iglesia pasa exactamente lo mismo, nosotros estamos llamados a cuidar de los más pequeños, porque son ellos los depositarios del reino de los cielos. Bienaventurados, bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Aquellos que no están pretendiendo igualarse a Dios, sino que asumen su condición de pequeños, de necesitados, y están mirando o admirando la voluntad de Dios que lleva a cabo su gobierno en las realidades del mundo y de la iglesia.
Por eso, en la 1º lectura que escuchábamos, quién es el que viene, el Mesías, viene humildemente presentado, no con poderío, no para imponer, sino con una actitud de humildad. Entonces, la virtud de la humildad es una de las virtudes fundamentales en la vida cristiana. Puedo tener muchas cualidades, pero si no tengo humildad, no me sirve de nada. La humildad tiene que ver con el reconocimiento de mi propia condición, de mi propia verdad, sin pretender ser más que nadie, porque soy igual a todos, y reconociendo que soy necesitado de Dios, que él me sostiene, que él me educa, que él me protege, que me ayuda, que me orienta, que me levanta. Y no hay nada más bonito que ser hijo, y es nuestra vocación primordial.
Mons. José Antonio Díaz, Obispo de la Diócesis de la Santísima Concepción.
Por eso, en este día que celebramos a nuestro patrono San Nicolás, recordamos esas virtudes de humildad y de esa mirada compasiva sobre la pequeñez de los más pobres que él tuvo, y que nos recuerda que nosotros, como iglesia, necesitamos transitar este camino de humildad y de atención particular a aquellos que más nos necesitan. Y, en lugar de ser competidores entre nosotros, a ver quién tiene la razón, quién tiene más dinero, quién tiene más poder, quien se impone sobre los demás, quien arremete contra los otros. Ser capaces de ser hijos con una comisión y una autoconciencia que me lleve a buscar más la fraternidad que la pelea, que el predominio de unos sobre otros. Y todo está muy claro en en este contexto, tanto del antiguo testamento como del nuevo testamento, como nosotros vamos aprendiendo a a los golpes a veces, que no podemos pretender ponernos por encima de Dios o igualarnos a Dios, sino que tenemos que buscar nuestra condición de hijos, obedeciendo a lo que Dios nos indica, nos enseña, y con disponibilidad dejarnos conducir por él. Que san Nicolás nos ayude a caminar en este sentido y a crecer mucho en la conciencia de nuestra pequeñez.


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