


Mons. Melitón Chávez celebró la Misa central en Honor a la Inmaculada Concepción
Vientos Tucumanos NoticiasLA HOMILIA DEL OBISPO JOSÉ MELITÓN CHÁVEZ, ESTE 8 DE DICIEMBRE
Queridos hermanos todos. Estamos celebrando nuestra gran fiesta a María. Y la celebramos como Madre de nuestra Diócesis que lleva su nombre. Tiempos difíciles estos que vivimos, que nos llevan a celebrar esta hermosa y gran fiesta de María de modo tan particular, tan inédito. Ojalá funcionen bien nuestras conexiones para de alguna manera participar de esta misa de hoy.
Las hermosas caravanas que hicimos en esta novena con María y las que quedan por hacer serán también para recordar este año tan especial. Nos propusimos vivir esta novena y fiesta siguiendo la enseñanza del papa Francisco sobre la fraternidad y la amistad social.
La Palabra de Dios nos describe con admirable belleza la historia de la humanidad desde el desolador escenario del paraíso perdido por la desobediencia del pecado que puso una triste distancia del hombre con Dios y la consecuente ruptura de la convivencia fraterna, hasta el anuncio de la Buena Noticia a María: Alégrate llena de gracia, porque has hallado gracia delante de Dios, vas a ser Madre Virgen, la Madre del Salvador, el Santo de Dios.
Mons. Melitón Chávez celebró la Solemne Misa
Eso que está dicho como de paso, que apenas ocupa unos renglones, es la Noticia, la más Bella, la más potente, la transformadora noticia de que en María amanece nuestra salvación.
Notemos que el ángel no saluda a María por su nombre sino con un nombre nuevo: Llena de Gracia, concebida sin pecado original. Preservada por Dios de aquel pecado original para preparar para su Hijo una digna morada. Y todo bajo la acción del Espíritu Santo.
Esto es lo que celebramos hoy: este nombre que encierra todo el misterio de María y que a la vez contiene también nuestra propia vocación y elección. Por eso esta fiesta es la Fiesta Mayor de María, porque celebrándola nos celebramos a nosotros mismos, celebramos nuestro nombre de Hijos, de redimidos por el Señor.
María con su respuesta “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra”, estaba dando lugar a Dios en la historia de la humanidad toda, para cambiar para siempre su destino por medio de su Hijo. Esa es también nuestra vocación, en eso consiste nuestra elección, nos dice Pablo, nos destinó a ser Hijos en una historia que huye y se esconde de Dios, para restaurar la creación entera manchada por manos fratricidas. Es decir, desandar esos caminos de muerte que habían iniciado nuestros primeros padres en el principio de la historia.
Mons. José Ignacio Herrera habló al final de la Solemne Misa
Y Dios, cuando nos redime no lo hace con cada uno individualmente, sino formando un pueblo, una comunidad de hermanos. Redime, renueva, restaura, nuestras personas y nuestros vínculos. ¿Cómo están nuestras personas? ¿Cómo están nuestros vínculos, todos? ¿Necesitamos hoy ser restaurados?
Hoy se nos regalan estos dos misterios en María: Su Inmaculada Concepción (concebida sin pecado), y su Maternidad virginal, será Madre por obra del Espíritu Santo. ¿Cómo podrá ser esto? Pregunta María desde su simpleza y sencillez.
En esto consiste la inigualable belleza de María, su poder de atracción, esa huella de consuelo que deja a su paso, porque mirándola vemos lo que está escondido en nuestro propio corazón, ese nombre de Hijos que jamás se borrará, ese respeto que ella tiene por nosotros, su cariño incondicional. Ella, sólo ella, porque está llena de Dios.
Esto es lo que produce ese movimiento de multitudes hacia ella, eso que apenas pude mirar estos días: los rostros con lágrimas a su paso, la alegría de familias enteras aguardándola y saludándola en su caravana. Eso confirma que somos de Dios, ante todo y por encima de todo, que somos sus hijos, que somos hermanos todos.
Ser hermano significa literalmente que procedemos de un mismo vientre. Una misma procedencia, una misma dignidad, unos iguales derechos de todos. Distintos, diferentes pero con la misma dignidad de Hijos y hermanos.
Dios nos ama en esta historia tan golpeada y confusa, en la que se pone en juego nuestra libertad de ciudadanos, donde parece que el atropello de los derechos de las personas no tiene fin, Dios no nos pierde de vista, nos sigue llamando Hijos, y quiere que nos atrevamos a llamarnos de verdad hermanos todos.
Esta fiesta nos invita a dar nosotros también nuestro Si al Dios nos ama.
Dios quiere nuestro sí, como el de María para ser servidores de la alegría de Dios.
¿Será posible esto? ¡Sí! ¡es posible! “Porque no hay nada imposible para Dios” (Lc 1,37)


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